La sociedad del espectáculo (original)
- Guy Debord (1967)

La vida entera de las sociedades en las que imperan las condiciones de producción modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos.

Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación.

Las imágenes desprendidas de cada aspecto de la vida se fusionan en una corriente común en la cual resulta ya imposible restablecer la unidad de aquella vida.

La realidad, considerada parcialmente, se despliega en su propia unidad general como un seudomundo aparte, objeto de la mera contemplación.

La especialización de las imágenes del mundo puede reconocerse, realizada, en el mundo de la imagen autónoma, en donde el mentiroso se engaña a sí mismo.

El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no vivo.

El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes.

El espectáculo, entendido en su totalidad, es al mismo tiempo el resultado y el proyecto del modo de producción existente.

No es un suplemento del mundo real, una decoración sobreañadida.

Es el núcleo del irrealismo de la sociedad real.

Bajo todas sus formas particulares -información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones-, el espectáculo constituye el modelo actual de vida socialmente dominante.

El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible.

No dice más que esto: lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece.

La actitud que por principio exige es esa aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho gracias a su manera de aparecer sin réplica, gracias a su monopolio de las apariencias.

Cuando la necesidad es soñada socialmente, el sueño se hace necesario.

El espectáculo es el mal sueño de la sociedad moderna encadenada, que no expresa en última instancia más que su deseo de dormir.

El espectáculo vela ese sueño.

La sociedad del espectáculo (remix)
- TJ 23 (2016)

La vida entera de las sociedades en las que impera el espectáculo como modo de producción se anuncia como una inmensa acumulación de imágenes.


Toda representación se ha convertido en lo directamente experimentado.

La vida desprendida de cada aspecto de las imágenes se fusiona en una corriente común en la cual resulta ya imposible establecer la autenticidad de aquellas imágenes.

El mundo, considerado fragmentariamente, se despliega en su propia unidad general como una realidad aparte, objeto de una participación vacía.

La imagen autónoma puede reconocerse realizada fuera del mundo, en donde el mentiroso se engaña a sí mismo sin ser capaz de especializarse.


Lo vivo en general, como inversión concreta del espectáculo, es el movimiento autónomo de lo no vivo.

El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las imágenes mediatizada por las personas.

El espectáculo, entendido en su fragmentarieded, es al mismo tiempo el resultado y el proyecto del modo de producción existente.

El mundo real es un suplemento, una decoración sobreañadida.

Es el margen real de la sociedad irreal.

Bajo todas sus formas particulares – información o propaganda, publicidad o consumo directo de vida – la realidad constituye el modelo actual de espectáculo socialmente dominante.

La realidad se presenta como una enorme negatividad, discutible pero inaccesible.

No dice más que esto: lo que se publica es bueno, lo bueno es lo que se publica.

La actitud que por principio exige es esa aceptación activa que cada día obtiene de hecho gracias a la participación vacía, gracias al monopolio social de lo que no existe.

Cuando el sueño necesita participación, lo social se hace necesario.

El espectáculo es el mal sueño de la sociedad moderna liberada, que no publica en última instancia más que su deseo dormir.

La sociedad vela ese sueño.