Entretiempo [para aprender a morir mejor] -- en cuarentena, marzo de 2020
Domingo 22 de marzo. Leo al filósofo surcoreano Byung-Chul Han. "El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia."
Pienso que, en este momento histórico, es crucial no perder de vista cómo se reparten entre todo lo existente las diferentes capacidades de agencia política, es decir, las posibilidades de intervenir en la modificación de lo político, entendido como la organización de la polis común. En los escritos de Michel Serres, Timothy Morton, Bruno Latour, Rachel Armstrong o Jane Bennett, por enumerar sólo algunos, podemos leer sobre cómo la agencia no humana ha entrado ya con plena fuerza en la Historia de lo humano. Estxs autorxs nos permiten ver que aquello que llamábamos naturelza no era más que una construcción cultural, y que los seres que la componían, vivos o no, en realidad son actores políticos tan importantes como cualquier otro actor humano, llámese Estado, ejército o sociedad. Pero no nos engañemos. Como dice Han, el virus no hará lo que nos toca hacer a nosotrxs. El COVID-19, un algo a lo que difícilmente podemos llamar ser, puesto que no reúne sólo algunas de las características biológicas de la vida, está desplegando una clase de agencia similar a la de un tsunami o un terremoto. Lo trastoca todo, pero actúa sin voluntad. Crea, sin querer, un nuevo escenario. O más bien lo propicia: somos nosotrxs quienes estamos creando este aquí y ahora de aislamiento, pánico y estancamiento. Bienvenidas, bienvenidos: aquí estamos. ¿Podemos estar de otra manera?
Lunes 23 de marzo. Envuelto por un silencio poco habitual en esta ciudad, siento la tibieza del sol de la mañana. Estoy en un espacio suspendido al que llamo entretiempo. Más precisamente, entiendo este momento como un lapso de espacio-tiempo en el que se yuxtaponen catástrofe y anástrofe. Si la catástrofe es un giro súbito y violento que rompe con el curso de los acontecimientos y que, por lo tanto, crea una discontinuidad radical entre el pasado y el presente, la anástrofe, siguiendo a Amy Ireland, es el futuro configurándose. La anástrofe es el proceso mediante el cual comenzamos a simpatizar con una apertura hacia lo desconocido, hacia aquello que está por llegar. Acumulamos la energía potencial que podría permitir la entrada en nuestros cuerpos de un afuera inimaginable, situado espectralmente en el futuro. Dicho con otras palabras, esta mañana soleada y serena me hace entender que hemos cruzado un umbral. La vida no volverá a ser la misma, al menos potencialmente. Y, potencialmente también, se abre un horizonte de lo posible que nos llevará a un plano del todo desconocido. Entramos en un afuera, o ese afuera entra en nosotros. Lentamente, junto con el paso de estos días de confinamiento.
La mañana sigue su curso. Leo el boletín informativo emitido por uno de los dos grandes bancos suizos. Extraigo algunos fragmentos, que copio aquí junto con mis reacciones:
"La economía [se] recuperará en U , Los bonos en V y la Bolsa como el símbolo de Nike."
(Se refieren, obviamente, a las curvas que trazarán las fluctuaciones financieras)
"Lo más difícil en esta crisis es tener un escenario, y que la psicología y las noticias no influyan sobre el mismo."
(Claro, es muy difícil mantenerse radicalmente desacoplados del mundo. Hacer como si no pasara nada, crear un plano de consistencia inmune a nuestro dolor corporal y mental, para que el dinero siga su camino, de la mano de ese amigo invisible que no es capaz de sentir ni de enfermarse. Las finanzas se aceleran siempre: es así como alcanzan la velocidad que les permite escapar de la empatía, de lo humano)
"... por definición habrá una recesión económica ya que se ha decidido parar buena parte de la industria y los servicios. [Pero] tampoco parece que esto vaya a conducir al mundo a una Gran Depresión"
(Hay optimismo. No puede no haberlo. A veces pienso que los mercados son ogros devoradores de emociones positivas. Por eso hay que generarlas maquinalmente. Ya se encargan de eso los departamentos de marketing y publicidad)
No sigo leyendo. No puedo decir que entiendo toda la terminología financiera (que, según Arjun Appadurai, presenta al lenguaje humano en un estado de decadencia terminal, brutalmente numerizado y despojado de su capacidad para distinguir entre lo verdadero y lo falso), y además me irritan la falta de cuidado y la torpeza con las que está escrito el boletín. Pero alcanzo a ver que el banco se prepara para las próximas oleadas de quiebres de empresas, y para el desempleo masivo. La palabra clave aquí es prepararse. Los bancos calculan estos escenarios, usando algoritmos más o menos sofisticados, para decidir a dónde toca mover el dinero. En medio de esta crisis, parece que el sector tecnológico será uno de los preferidos. Todos los datos que estamos entregando e intercambiando en las redes sociales, todos los contenidos que estamos generando y consumiendo, tan vitales en estos tiempos de aislamiento, vuelven sumamente atractivas a las grandes compañías tecnológicas. Es el momento dorado de la monetización de la comunicación humana, de la vigilancia y la datificación generalizada.
Yo lo entiendo así: el hipercapitalismo, apoyado en el menguante poder político de los estados, está intentando revertir la catástrofe y, al mismo tiempo, hace todo lo posible por impedir que fructifique la anástrofe. Los poderes se anclan al pasado y le cierran el paso a los futuros posibles. En una operación retrocrónica, que sólo puedo calificar como titánica, las tecnofinanzas y sus ayudantes políticos luchan, con todas sus fuerzas y recursos, por mantener la normalidad de un pasado que ahora mismo se me aparece como un espejismo. Pero, ¿es irreversible el curso del tiempo? ¿Tiene sentido reventar este entretiempo, que abre una pausa extraña entre lo que fue y lo que puede ser, con tal de volver al tiempo pre-viral y conjurar un mundo post-viral?
Hasta hoy, hemos vivido en una realidad definida por lo numérico, lo técnico, y lo económico. Federico Campagna la describe como una cosmología, es decir, como un sistema de realidad plenamente consumado en el que lo único real es aquello que se puede medir y que, por lo tanto, se puede serializar e intercambiar. No es difícil verlo. ¿Cuántas personas no sienten que su ser se reduce a un simple número intercambiable y desechable, bajo la tiranía de un trabajo numerizado que las obliga a arriesgar la vida a cambio de un sueldo miserable? ¿Y cuánto mundo hemos destruido en el afán por medirlo todo, con tal de convertir todo lo existente en mercancía? En mi opinión, en esto consiste el fascismo contemporáneo: en la dominación plena y sin fisuras de lo numérico, lo técnico, y lo económico.
No hace falta imaginar a los banqueros poniendo una pistola en la sien a los políticos, para obligarlos a que tomen medidas que reviertan la catástrofe económica. El hipercapitalismo no necesita esta clase particular de violencia, aunque se alimente de muchas otras. A tal punto ha llegado la totalización de este sistema de realidad, que ya nadie necesita de amenazas para contribuir al funcionamiento de la megamáquina. Lo hacemos por nuestra propia mano, porque no hay alternativa. Sin embargo, la catástrofe que hoy sentimos en nuestros cuerpos también señala el posible final de esa hegemonía, que al fin y al cabo se revela ya como un engranaje de falsedades.
El mercado financiero, pretendidamente fluido, eficiente y autoregulado, se ha apoyado siempre en la fuerza de lo público. ¿Acaso los gobiernos no rescataron bancos y empresas con nuestro dinero en las crisis más recientes? Se habla de la dicotomía entre público y privado, cuando en realidad hay una amalgama entre ambos modelos. Pero la relación no es simbiótica, sino parasitaria. Lo privado se expande y prospera, poniendo fortunas estratósfericas en cada vez menos manos, a costa de lo público, que se precariza y se hunde en la miseria. Ante esta enfermedad, se vuelve urgente huir hacia otro modelo que ponga en el centro lo común.
El bien común es diferente de lo público. A pesar de pertenecer a todxs, lo común también es administrado de forma directa por todxs, y no necesariamente por un Estado u otra forma política representativa y centralizada. Y, por la misma razón, lo común es radicalmente diferente de lo privado. Un bien común puede ser escaso o abundante, tangible o inmaterial. Puede ser el agua, que debe ser cuidada por todxs y compartida equitativamente, para evitar la tragedia de los comunes que, según Garrett Hardin, ocurre cuando la competencia individual empobrece y arruina un bien común. O bien puede ser el conocimiento, potencialmente ilimitado e ilimitadamente movilizable. Ya se trate de una cosa u otra, lo común necesita no solamente de organización y cooperación, sino también de reciprocidad. La reciprocidad es un principio de convivencia que regula los intercambios sociales en diferentes culturas alrededor del mundo. Rescato aquí, a pesar de su carga colonial, la perspectiva antropológica desde la cual Marcel Mauss trazó la reciprocidad en sus estudios de las sociedades polinesias. Mauss observó que en la reciprocidad entraban en juego tres obligaciones igualmente importantes: dar, recibir y devolver. Pero, más allá de este mecanismo social, que regulaba el intercambio de bienes materiales, Mauss identificó un componente inmaterial: lo que hoy conocemos como el espíritu del don, o hau, que en lengua Maori significa ofrenda ritual. Lo que se da, se recibe y se devuelve está encantado por un espíritu, que actúa como agente capaz de inducir una auto-regulación espectral de los procesos recíprocos. Allí donde se siente el espíritu del don, existe la reciprocidad.
La anástrofe que vislumbro desde esta ventana es esa utopía en la cual cada unx de nosotrxs sentimos la presencia del espíritu del don, y actuamos en consecuencia. Una hautopía, un mundo posible en el que habita un espíritu que resguarda el bien común.
Termino este escrito en mi aquí y mi ahora. Este espacio y este tiempo están definidos por una sensación espectral del hau: por la conciencia de estarme cuidando por el bien de otrxs. Lo hago porque creo que con ello cuido de lxs más vulnerables, entre lxs que cuento a lxs ancianxs, lxs enfermxs, o lxs que no pueden darse el lujo de cuidarse porque viven al día, bajo la tiranía de este sistema de mierda que se tambalea. Quizás me engaño, pero percibo que este momento está impregnado por la entrega constante de mi bienestar individual como ofrenda ritual, que otros recibirán a pesar del aislamiento generalizado, y que quizás algún día me será devuelta.
Viajé de Barcelona a la Ciudad de México el 13 de marzo, hoy hace justamente 10 días. El pánico estalló ese mismo día en España, y por ello fui uno de los últimos viajeros que lograron salir, antes de los cierres, los aislamientos y del estado de alarma decretado por el gobierno de Pedro Sánchez. Había planeado largamente mi regreso a México. La fecha del viaje estaba prevista desde antes de la crisis pero, como todxs, jamás llegué a imaginar que el mundo colapsaría ante la aparición de un virus desconocido. Al llegar a México me puse en cuarentena. Me costó varios días asumir la paradoja en la que me hallaba: había venido a México para estar más cerca de mis padres, ya mayores. Para cuidarlos. Y, justamente por cuidarlos, debía mantenerme lejos, estrictamente confinado. No los he visto, y tampoco a mis amigas y amigos, a quienes deseo abrazar. Sin embargo, recibo sus noticias a través de las redes y escucho historias de solidaridad y cuidado que me conmueven, puesto que me permiten ver el brillo de la anástrofe: de ese mundo posible que podría nacer pronto. Un mundo posible que podría abrirse en medio del dolor en el que estamos, y a pesar del sufrimiento que vendrá.
Una amiga muy querida me cuenta que en su barrio en Barcelona, el Poble Sec, se ha organizado un grupo de vecinas que llevan comida y medicinas a personas mayores, con especial atención a mujeres migrantes. Su historia me emociona profundamente: se da, se recibe y se devuelve y, por si fuera poco, en varios idiomas a la vez: catalán, castellano, inglés, árabe y urdu. Deseo un futuro apuntalado por esas pequeñas entregas, por esa manera de decir nosotrxs.
Estoy entrando en la segunda semana de mi cuarentena. Si cargo el virus, lo veré aparecer dentro de tres o cuatro días, como máximo. O no, en caso de que el invasor no provoque síntomas en mi cuerpo. Es una espera silenciosa y solitaria. Aprendo a habitar lentamente el tiempo, gracias al sol que se cuela por la ventana de esta habitación que logré alquilar in extremis. Pero, sobre todo, salgo adelante imaginando la dimensión común del cuidado. Pienso en la manera como, desde el cuerpo y para los cuerpos, podría florecer la semilla de nuevos imaginarios políticos. Ojalá que este entretiempo nos sea propicio.
Martes 24 de marzo. El virus aún no se manifiesta en mi cuerpo. No por ello canto victoria. Así que sigo con mis lecturas para pasar este entretiempo. Escribe mi admirada Yásnaya Elena Aguilar en El País: "Entre las guerras de conquista, los trabajos forzados, los abusos y las enfermedades, la colonia se fue estableciendo sobre una gran catástrofe demográfica. Según los cálculos de John K. Chance, autor del libro clásico La conquista de la sierra, el pueblo mixe no recuperó la población estimada en 1519 hasta la década de 1970. Las crónicas y los registros de los impactos de la viruela y otras enfermedades importadas en la población nativa siguen siendo impresionantes, pueblos enteros en los que la situación hacía imposible enterrar a los muertos."
Creo que es del todo acertado volver a subrayar hoy las conexiones que hay entre colonialismo, enfermedad, y colapso social y ecológico. Las palabras de Yásnaya me hacen pensar en una teoría que leí hace poco, y que argumenta que el primer fenómeno observable de cambio climático antropogénico estuvo estrechamente vinculado con la masacre de millones de pobladores originarios del mal llamado nuevo continente. Esta masacre no solamente fue perpetrada por las armas de los conquistadores, sino también por sus virus y bacterias. La teoría, que recibe el nombre de Orbis Spike, fue propuesta por Simon Lewis y Mark Maslin, y consiste, a grandes rasgos, en la siguiente cadena de sucesos. En el siglo XVI, se estima que unos 50 millones de pobladores originarios de América fueron diezmados por la guerra, pero sobre todo por las enfermedades traídas por los europeos. Esta reducción masiva y súbita de la población propició una rápida reforestación de campos que, hasta antes del genocidio, eran utilizados con fines agrícolas. La vegetación volvió a crecer en ellos en muy poco tiempo, gracias al clima tropical. Para 1610, esta nueva población vegetal había absorbido suficiente CO2 de la atmósfera como para provocar una disminución importante de la concentración atmosférica del gas a nivel global. A su vez, esta disminución generó un descenso importante en las temperaturas de todo el planeta, dando lugar al periodo conocido como La Pequeña Glaciación. Ahora que hablamos de Antropoceno, y que usamos este término para referirnos a la acción humana que está trastocando el clima y el equilibrio ecológico de la Tierra, cabría tener presente la concatenación de eventos de la teoría Orbis Spike. La agencia humana que desemboca en los cambios planetarios que estamos viviendo hoy en día no es cualquier tipo de agencia. Es, si seguimos la secuencia descrita por Lewis y Maslin, una acción colonizadora, genocida y ampliamente destructiva. Y, más aún, es una agencia que va más allá de lo humano, puesto que incluye la agencia de virus, bacterias y un sinfín de actores extraños. La teoría Orbis Spike nos revela a nosotros mismos como vectores de esos otros actores, y lanza una importante advertencia: no estamos al mando. No tenemos el control. No somos la fuerza más importante sobre la Tierra. Somos huéspedes y diseminadores de otras fuerzas, cuya potencia, tanto vital como aniquiladora, va mucho más allá de lo humano. Visto desde esta perspectiva, el término Antropoceno suena arrogante y profundamente injusto. Arrogante, puesto que sobrevalora la agencia humana. Sí, hemos destruido mundos enteros. Pero nuestro papel no es tan diferente al del mosquito anófeles, que al alimentarse disemina inadvertidamente el plasmodium, el parásito unicelular que provoca la malaria, a su vez causa de cientos de miles de muertes humanas anuales. Y el término también es injusto, porque la destrucción antropogénica no ha sido provocada equitativamente por todas las sociedades de la especie humana, sino particularmente por las que, en aras de extender su poder y dominio, han explotado a otras sociedades y ecosistemas. Otro nombre más exacto para esta nueva era es el propuesto por Jason Moore, Capitaloceno. Aún así, todavía no tenemos nombres lo suficientemente precisos como para desenmarañar, y por tanto dilucidar, las causas por las cuales llegamos a enredarnos en este predicamento. Si las responsabilidades de este colapso, cuya magnitud apenas logramos modelar y entender, no pueden distribuirse a partes iguales, entonces ¿cómo habremos de repartir las reparaciones, la curación, la construcción de otro sistema de realidad distinto a este?
Sigo leyendo a Yásnaya: "... la población mixe que salió de la catástrofe demográfica del siglo XVI se organizó en estructuras comunales para resistir el establecimiento paulatino del régimen colonial y luego el establecimiento del Estado, comunalmente hicieron la vida que hizo posible que a pesar de las cruentas epidemias, del despojo y la violencia, aquí continuemos. El cuidado comunal salvó la vida de Luisa que hace posible que ahora yo pueda repetir los últimos consejos de mi tatarabuelo ante la epidemia que le tocó vivir: el bien individual es el bien colectivo."
Ayer pensaba en una utopía articulada por el principio de reciprocidad, resguardada por el espíritu del don. Una hautopía. Hoy, a partir del artículo de Yásnaya, profundizo un poco más sobre este principio. Es común resumir la noción de reciprocidad a un binomio de máximas morales complementarias, presentes de forma más o menos similar en muchas culturas: "trata a los demás como quisieras que te trataran a ti", y "no trates a los demás como no quisieras que te trataran a ti". Pienso que, aunque este par de consignas pueden ser útiles para reglamentar la vida en común, reducen mucho el espectro de lo que puede llegar a ser la reciprocidad. Más aún: dicho binomio vuelve a la reciprocidad compatible con la lógica y la razón económica, y por ello está bien cuestionarlo. A partir de las teorías de John Stuart Mill, se nos ha machacado con que todas nuestras acciones, desde las más mundanas hasta las más íntimas, responden a criterios racionales y económicos. Esa así como la consideración de costos versus beneficios se cuela en todos los ámbitos de nuestra vida. Desde esta perspectiva, la del Homo economicus, la cooperación sólo puede entenderse como el producto de motivaciones egoístas, y sólo tiene sentido si, a corto, mediano o largo plazo, reditúa en beneficios personales. A esta forma de reciprocidad se le conoce como reciprocidad débil, y contrasta con la reciprocidad fuerte. Mientras que la reciprocidad débil requiere que los intercambios resulten en beneficios para ambas partes, la reciprocidad fuerte se basa en una propensión a cooperar con otros, similarmente dispuestos, aún a costa de sacrificios personales.
Dice Yásnaya que el bien individual es el bien colectivo. En estos días de confinamiento, que muchos vivimos con cierta incomodidad, yo añadiría que el sacrificio individual también es el bien colectivo. Permanecer en casa para romper la cadena de contagio del virus es un sacrificio, sí, pero pequeño en comparación con otros sufrimientos que atenazan el día a día de millones de personas alrededor del planeta. Pero, a pesar de su pequeñez, este sacrificio simboliza una reciprocidad fuerte, y es allí donde germina la posibilidad de otras formas de vida, lejanas a la competencia, la hiperproductividad, la racionalidad económica, y la búsqueda de la felicidad individual a costa de todo lo demás.
Que los que podamos parar, paremos. El optimismo de los mercados es nuestra desgracia. Que nuestro optimismo otro, impregnado del bello gesto de salvar a nuestras madres, padres y abuelxs, de la hermosa solidaridad de quien se guarda para no dañar, se convierta en la condena de un sistema gris que nos quiere callados, amedrentados, muertos. Nos quieren ver producir hasta la muerte. Ante eso, una serena huelga de inutilidad y cuidado. Un entretiempo. Así sea.
Miércoles 25 de marzo. Permanece encendida la luz de millones de pantallas. ¿Será que este entretiempo es en realidad una oscura noche que se está haciendo larga? ¿Será que el sol que asoma en mi ventana no hace más que repetir una y otra vez la misma mentira? Me tomo la temperatura: 36.1 grados. Desde el inicio de mi cuarentena pongo el termómetro bajo mi axila izquierda dos, tres, y hasta cuatro veces por día. Aún no sé si el virus se halla durmiente en mi cuerpo, o si está ausente. Pero la pulsión obsesiva por asignar una cantidad a mi temperatura corporal es, de hecho, su influjo inequívoco. Pienso que el virus no es pequeño: es inabarcable. Está masivamente distribuido en el tiempo y el espacio, más allá de mi capacidad de percepción directa. Los síntomas, o la ausencia de ellos, son una señal que percibo localmente, aquí, en mi cuerpo. Pero la señal no es el virus, no agota la vasta realidad de su presencia. El virus me acompaña a donde quiera que vaya: se pega a mí, y no hay jabón que logre deshacer su influencia. Todas estas características que asigno al coronavirus coinciden con la definición de un hiperobjeto, tal como la propuso Timothy Morton. La noción de hiperobjeto es útil para simpatizar con los actores políticos no-humanos, que transforman el planeta con intensidad cada vez mayor, y que forman parte integral de la sociedad terrestre. El cambio climático es un hiperobjeto, por ejemplo. No es posible señalarlo y decir "aquí está". Sin embargo, sus manifestaciones locales, como una ola de calor o una lluvia torrencial, nos permiten percibirlo con nuestros cuerpos. No hay un afuera: el cambio climático se pega a mí, vaya a donde vaya. Así, el COVID-19 pertenece a la misma categoría que nos permite asignar cualidades y comportamientos espacio-temporales a las fuerzas no-humanas que irrumpen en la Historia. Pero, ¿de qué demonios sirve decir que el virus es un hiperobjeto?
Puesto que un hiperobjeto está formado, a su vez, por las interrelaciones entre muchos otros objetos, que en el caso del virus serían el sistema inmunitario humano, el tráfico de animales salvajes, las fronteras políticas, las distintas capacidades de los sistemas sanitarios, las densidades de población, el clima, los medios de transporte y los medios de comunicación, entre tantos otros, cabe pensar en esta crisis a partir de la perspectiva de los sistemas complejos. Sabemos que nuestro pensamiento está mal preparado para entender la complejidad. También lo están los modelos matemáticos, que se vuelven imposibles de manejar una vez que el número de variables aumenta. Y hoy nos las vemos con un mar de variables. No nos queda más que bailar. Lo sugirió Donella Meadows: el baile es la mejor manera para sintonizar con un sistema complejo. El baile de un cuerpo que se mueve al compás de una música que nunca antes ha escuchado. El cuerpo que baila debe sentir e improvisar a cada instante. Ajustar cada gesto, cada movimiento, a las fluctuaciones vibratorias, a las aceleraciones y ralentizaciones. No hay plan que valga, no hay afán de control que pueda sostenerse en pie ante un sistema complejo. Hay que bailarlo. Deleuze: bailar con la aceleración que ya tiene lugar en la profundidad de las cosas, de manera impersonal e incondicional. La música no es humana: es el código genético que gira vertiginosamente entre las paredes de proteina y lípidos del coronavirus. Es su ritmo de replicación. Son sus mutaciones, y las nuestras. Girar así para sintonizar con la inmanencia de lo que nos pone en jaque, justamente para escapar de la jugada final y dar un paso a un lado. Otro paso. Un baile. Bailar el virus como el baile de San Vito, o mejor aún, como una tarantella que emborrona el límite entre la enfermedad y su conjuro. Es en serio: quizás las mejores estrategias epidemiológicas sean aquellas que logran bailar con el virus para anticiparse a sus pasos, para leer sus ritmos y sacarle la vuelta con y a través del cuerpo común.
Yo, sin embargo, me siento cansado. No me veo bailando, aquí y ahora. Tal vez mañana. ¿O es que el cansancio también crece y se extiende? Recuerdo los primeros días del confinamiento. En Twitter leía los planes de gente que pretendía sacar el mayor provecho de su encierro. Lecturas, series, cursos online, recetas, ejercicios. Pero, con el paso de los días, noto un cansancio. En mí, y creo percibirlo también en el cuerpo común, que a diario se conecta con creciente apatía, y también con miedo. ¿Será este el inicio de una huelga humana? A diferencia de la huelga general, que consiste en un paro masivo de labores en pos de demandas sociales, Tiqqun habla sobre la huelga humana como forma de oponerse al Imperio:
"Lo que hay que oponer al Imperio es la huelga humana.
Que nunca ataca las relaciones de producción sin atacar al mismo tiempo
las relaciones afectivas que las sostienen.
Que socava la economía libidinal inconfesable,
que restituye el elemento ético -el cómo- reprimido en cada contacto
entre los cuerpos neutralizados.
La huelga humana es la huelga que, en el punto en que se esperaba
tal o cual reacción previsible,
tal o cual tono apenado o indignado,
prefiere no.
Se oculta del dispositivo. Lo satura, o lo estalla.
Se recobra, prefiriendo
otra cosa.
Otra cosa que no esté circunscrita en los posibles autorizados por el dispositivo.
En la ventanilla de tal o cual servicio social, en las cajas de tal o cual supermercado, en una conversación educada, en una intervención de la poli,
según la relación de fuerzas,
la huelga humana hace consistir el espacio entre los cuerpos,
pulveriza el doble vínculo en que están capturados,
los conduce a la presencia.
Hay todo un ludismo por ser inventado, un ludismo de los engranajes humanos
que hacen girar el Capital."
Pero en esta incipiente huelga humana coronavírica veo dos elementos distantes al postulado de Tiqqun. En esta huelga humana, la voluntad humana juega un papel secundario. La voluntad principal emana del ruido coral del hiperobjeto virus. Y además, en esta huelga, no hay presencia ni contacto, sino todo lo contrario: aislamiento y distancias de seguridad bien definidas. Quizás la huelga humana en este entretiempo viral podría articularse desde lo in-voluntario, en el movimiento de lo inmóvil, en el contacto entre lo confinado. Aumentaría entonces el nivel de dificultad. ¿Cómo hacer huelga desde el no-hacer y el no-tocar? A pesar de esta paradoja, yo insisto tercamente en la hautopía. Hacer nacer una nueva política a partir de la dimensión común del cuidado, a través de una huelga humana, orquestada por los no humanos que nos atraviesan y nos cansan. Que ese cansancio sea un vaciamiento, un borramiento catártico de los afectos capitalistas que durante tanto tiempo han parasitado nuestros cuerpos.
Pero tengo que matizar mis visiones que, afortunadamente, no son del todo febriles. Los que podemos darnos el lujo de ralentizar, de cansarnos y vaciarnos aquí en México, somos minoría. Hay las miles, millones de personas que no pueden parar de luchar y poner el cuerpo cada día. Hay quienes atraviesan una y otra vez el hiperobjeto virus sin ningún tipo de protección, sin inmunidad. Intento no dormirme en los laureles de este privilegio (no debería serlo), y usarlo en cambio para cuidar, para romper la cadena de contagio, para aplanar la curva: no solamente la que pone en correlación el crecimiento de la enfermedad con la limitada capacidad de los sistemas de salud, sino también la que traza la desigualdad socioeconómica, las tasas de feminicidio, los casos de violencia administrados y cobijados por la quimera de lo público-privado... veo todo un programa político por-venir, una anástrofe que poco a poco toma forma, y no sé si mi cansancio podrá con tanto. ¿Qué hacer, desde esta huelga humana sin voluntad humana, y sin cuerpo común? ¿Cómo parar desde aquí, desde esta habitación, la violencia que ya arde por anticipar el fin de los confinamientos con tal de reactivar el motor de la economía? Porque se está diciendo, literalmente, que debemos dejar morir a lxs ciudadanxs menos productivxs con tal de revertir la catástrofe del capital. Lo expresó así Dan Patrick, el vicegobernador de Texas: "los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía en bien de sus nietos y no paralizar el país." Ese sacrificio no es una ofrenda ritual hautópica. Es un crimen, es el fascismo contemporáneo desencadenado, desplegando todo su horror sociópata y asesino. El enemigo aparece más nítido que nunca. Pero también se aprecia con claridad deslumbrante la potencia subversiva (e insospechada) del cuidado: negarse a alimentar la megamáquina y, en cambio, empeñar nuestro tiempo, energía y encierro en el cuidado de nuestras madres, padres y abuelxs.
Por cierto. Los banqueros, esos optimistas incorregibles, inician así su boletín financiero de hoy: "Los mercados de renta variable experimentaron uno de los mejor [sic] días de los últimos años, con rentabilidades que rondaron el 10% en los principales índices bursátiles." La renta variable es un subtipo financiero que representa capitales altamente volátiles, como las acciones de una compañía, que suelen reportar importantes ganancias o rendimientos a cambio de riesgos elevados. En otras palabras, es el dinero que se juega al apostar por una empresa o sector económico específico. Como en un casino. Sin ser un genio de las finanzas, yo apostaría a que ese 10% de rentabilidad tiene mucho que ver con la datificación masiva de nuestras vidas confinadas. Pongo todas mis fichas en el hiperobjeto GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft), que hoy más que nunca recoge nuestras penas y da plataforma a nuestras soledades interconectadas. Y que, por ello, se vuelve financieramente viable.
Y no se me escapa la paradoja: el cuidado propio y mutuo a través de las redes electrónicas le da, a su vez, oxígeno al gran parásito financiero. ¿Será que todo esto es una trampa descomunal?
Jueves 26 de marzo. Me queda un día de cuarentena. Intento hacer cosas, pero todo se descose. Todo chorrea, y está bien. Que así sea. Hago girar el mantra en mi cabeza: entretiempo, entretiempo.
Mi amiga de Barcelona me envía este mapa, en el que aparecen todas las ubicaciones de las redes de apoyo mutuo vecinal en España.
A mi amiga no le gusta la épica, y seguramente me dará un coscorrón cuando me vea. Pero yo digo que en el mapa se ve la proliferación de las vecinas hautópicas que bailan con el virus. Mientras el Estado español y la Unión Europea hacen aguas por los cuatro costados, ellas bailan la batalla cósmica del hau (el espíritu del don) contra el anti-hau (el don sin espíritu). Allí donde ocurre un brote viral, allí mismo brota también una pequeña red de vecinas, organizadas para ahuyentar la muerte.
Viernes 27 de marzo. Acabo mi cuarentena. Todo parece indicar que, a pesar de que hace dos semanas salí de una zona de alto riesgo, el virus no dormía en mi cuerpo. ¿Y ahora qué?