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La espectralidad del lenguaje

Eugenio Tisselli, 2018
*

No. El trabajo no nos hará libres. El trabajo es la emanación de la técnica, cuya cosmogonía está fundada en la tiranía del lenguaje. El trabajo es la anti-magia. Y la magia es el desafío a la serialidad estéril de la máquina*

Cuando utilizo el lenguaje para decir algo como lenguaje tirano, estoy cometiendo una infracción metafísica, puesto que la estructura de un lenguaje tirano negaría la posibilidad de señalarlo desde fuera. Así que, si digo que el lenguaje es un tirano, lo acuso falsamente: un lenguaje verdaderamente tirano no me permitiría decirlo desde dentro.

Aún así, es posible imaginar un lenguaje, una entidad abstracta hecha de signos, dando forma a la realidad de manera cruel, tiranizándola efectivamente. Es posible imaginarlo, pero solo si voy más allá (o más acá, o por debajo) del lenguaje: de este lenguaje.

Entonces, el lenguaje al que describo como un terrible opresor debe ser otro: un lenguaje diferente del que ahora despliego para escribir esto.

El lenguaje del que emanan técnica y trabajo tiranizantes, ese lenguaje absoluto, no está hecho de palabras como trabajo o técnica o emanación o magia. No: está hecho de otras palabras. Es un lenguaje sin afuera que se irradia a sí mismo. Es indecible con estas palabras, y por ello estoy, o más bien parecería que estoy, de facto, fuera de él. Estamos afuera de él, pero nos toca, subyugándonos. Y entonces no: realmente no estamos afuera, puesto que al subyugarnos nos engulle.

Y el único lenguaje total, sin afuera, que la humanidad ha podido formular, es el de la matemática. Lenguaje otro que, sin embargo, lo penetra todo: penetra este lenguaje poseyéndolo. Es la presencia violenta de la matemática en todo, lo que se siente como tiranía.

La feroz matematización de la vida, diría Berardi: esa es precisamente la hipóstasis originaria, el crimen inicial, el sol oscuro que late en el seno de la máquina, emanando desde allí su anti-magia. La esencia, pues, de la técnica, y por tanto del humano (siguiendo a Simondon), es ese lenguaje absoluto, del cual la inefabilidad de la magia ha sido extirpada.

Son los números las palabras del esclavo. Del desdichado que, habiendo perdido la magia, se pierde a su vez a sí mismo en las marañas de la superstición, y en las de su hermana, la estadística. Y, hoy en día, trabajo es esclavitud.

(La magia está hecha de una materia inefable, y se opone a la anti-magia, según la cual todo es nombrable, y por tanto medible, y por tanto en-numerable, y por tanto intercambiable en un encadenamiento serial infinito)

Así que este lenguaje con el que escribo, y la matemática, no son lo mismo. O no deberían serlo. Pero, en la realidad en la que estamos inmersos, en efecto lo son. Prueba de ello: se puede poner precio (cantidad, valor) a cada una de mis palabras. Nada lo impide. Es más: la racionalidad técnica sugeriría que es una excelente idea. Es más: la técnica ya ha ido realizando, desde su origen y de manera cada vez más eficiente, esa posibilidad. Es demasiado tarde...

El lenguaje absoluto, libre de ambigüedad e infinitamente productivo, es el sol negro que irradia números desde el corazón de la técnica. Irradia la técnica misma. Se irradia, se autoproduce* aceleradamente, incesantemente.

La realidad que nos circunda es la catástrofe de la medición total: cuando todo es medible, nada puede tener significado ni sentido. La tiranía consiste en la posibilidad de asignar valor a todo lo vivo y lo no vivo. Valor sin sentido: esa es la posibilidad realizada incansablemente por la técnica.

La racionalidad técnica, la estructura mediante la cual la técnica mide el mundo y opera en él (y lo opera, es decir, lo produce a partir de su obrar), se ha revelado como una hegemonía sin afuera: una hegemonía matemática, capaz de asignar valor incluso a aquello que niega las nociones de estructura, técnica, operación, mundo, matemática. Da valor a la propia destrucción del valor.

Así, los artistas de la destrucción destruyen en vano: la tiranía del lenguaje técnico valoriza (es decir, asigna números) el propio acto de destrucción. Y es imposible destruir un número. Por ello, la revolución desde dentro no está proscrita: es simple y llanamente imposible.

No es posible destruir el mundo: ya está destruido. Se rompe infinitamente en números desde que los números se transformaron en el Hegemón que mueve el mover de la técnica.

El mundo es, pues, un espectro.

Pero lo inefable late allí: en la esquina más oscura de la matemática. Y, paradójicamente, en el mismo rincón de ese callejón sin salida, yace también la piedra angular del absolutismo tecnolingüístico. Una piedra de carne que late, y cuyos números están vivos.

Esa esquina es la vulnerabilidad sobre la que se aguanta todo.

La vulnerabilidad es la posibilidad misma de la matemática, de la técnica. Lo que hace posible la existencia y operación de la máquina es también aquello que se rompe bajo su peso. Una membrana sangrante que, sin embargo, vibra, insiste.

La vulnerabilidad se opone al trabajo. Se opone a la anti-magia. La debilidad es lo que no llega, lo que no alcanza: se rompe ante la fuerza, bajo el peso, a causa de la tensión. Y sin embargo nunca acaba de romperse del todo. La técnica engulle vulnerabilidades como Saturno a sus hijos. Las debilidades y flaquezas, sin embargo, se multiplican como cabezas de una hidra blanda, decrépita, que se mantiene al borde del abismo sin caer en él. La posibilidad corre por delante de los motores que la numerizan. La fragilidad excede a la máquina. El alimento es infinito.

La vulnerabilidad es la cuerda floja, suspendida entre lo que es y lo que aparece. Es la infinita ambigüedad del equilibrista que cae pero no cae: se sostiene en infinita precariedad. La vulnerabilidad es el equilibrista mismo. Es a este ser miserable a quien la técnica pretende salvar desplegándose, sin jamás salvarlo del todo. Esta es la enorme paradoja: el motor del lenguaje absoluto es un cuerpo moribundo, a punto de caer al vacío.

Pero la vida jamás cae del todo. En cada titubeo, recorre la breve distancia que hay entre lo vivo y lo muerto. Por ello, la vida es también un espectro.

La grieta final de la técnica (la herida definitiva) sólo se ensanchará gracias a la imposibilidad de superar la condición precaria y vulnerable de la vida. De una vida sin trabajo, sin números: con magia, y por ello incierta y terrible. Indecible, sin valor. Sólo los equilibristas vencen a las máquinas.

(Mi acto de magia, mi huida del lenguaje absoluto, es no responder. Hago equilibrios entre la voz y el silencio)

Hacer magia en el lenguaje (en este lenguaje) es extirparle los agolpamientos de números que se fractalizan haciendo metástasis en sus entrañas.

In-decir lo decible: hacer espectralidad.

Que no todo puede ser dicho, y que todo lo dicho es irrepetible: dos principios para componer un hechizo contra la técnica.

Lo propio del lenguaje es menguar. También eso es un conjuro contra el demonio del crecimiento: el demonio que crece cantando números en el corazón de la técnica.

¿Hay algo acerca del lenguaje que no pueda ser dicho usando lenguaje? ¿En dónde está la parte espectral del lenguaje hoy, justo hoy día, en que el lenguaje absoluto ha borrado el plano de lo inefable? El Saturno artificial devora las palabras dichas y aún no dichas. A la hidra blanda, sin embargo, ya le han crecido trillones de cabezas-palabras. La magia está siempre a punto de arder en la hoguera de números. Pero no arde del todo, no se consume.

Los límites del lenguaje no son una frontera tajante, sino un plano espectral donde lo que hay es y no es lenguaje. Es a ese refugio a donde hay que escalar, pues ya sube el nivel del mar, a la vez que trepan las llamas acercándose. ¿Es posible expresar ese plano espectral con lenguaje? Quizás no. Y, sin embargo, debemos aprender a nombrar ese altiplano sonoro, a llamar a los espectros por su nombre. Hablar en nube.

Los límites del lenguaje son la zona de posibilidad de la magia. Son un bosque moribundo, pero encantado. Habitado de invisible.

El lenguaje es menos que la suma de sus partes: cada palabra es infinita, pero no porque su posibilidad combinatoria explote exponencialmente, sino porque cada palabra es infinitamente misteriosa. In-decible e in-numerable.

No la matemática del lenguaje absoluto, sino una numerología espectral de las palabras: esa es la puerta abierta. Puerta abierta hacia...

Esta es la otra puerta: el lenguaje del fascismo, es decir, el lenguaje absoluto. Las palabras que pronuncia el tirano son números. Al hablar, el fascismo pone en marcha una lógica técnico-matemática totalizante. Es capaz de derramar y hacer derramar sangre y savia con tal de pacificar al número. De echar a andar todos los motores. El fascismo hace la des-magia.

La complejidad no es magia: la retorcida complejidad de las tecno-finanzas, por ejemplo, ilustrada por el mercado de productos derivados, no es magia: es simplemente un anti-hechizo numérico infinitamente enmarañado. Infinitamente acelerado y recursivo: escapa al lenguaje humano, pero no al de la técnica. La complejidad de los derivados financieros es el triunfo de un tecno-fascismo que borra lo sutil, borra el sentido, borra ese viejo hechizo al que conocemos como estar en el mundo. Los derivados financieros, según Appadurai, son la apuesta siempre ganadora del número contra el número, son la prueba final de que el lenguaje ha fallado: se ha roto, quizás irreparablemente, bajo el peso de la matemática. Solo una intervención mágica podría recomponer sus pedazos.

Estar en el mundo, según el fascismo, es someterse maquinalmente a la complejidad cruel del número dentro del número dentro del número. Y dentro del número no hay nada: no hay magia.

La magia, pues, es lo que no cabe dentro del número. Lo desborda. La magia es hiper-complejidad, y es en ese maremágnum donde habremos de aprender a nadar a partir de ahora.

Así es como el número destruye la estancia sutil en el mundo: destruye el humus de lo humano, y lo hace de una forma brutalmente real. El número excava y extrae, rocía y erosiona, explota y aplana. Deseca, esteriliza: asesina. La técnica, el lenguaje absoluto: de esos anti-magnetos emana el fascismo que destroza lo humilde.

El fascismo es la minería de lo humano, el monocultivo que siembra números expulsando lo inefable de los campos: el excedente de vida es el mayor obstáculo del tecno-fascismo. El fascismo es la hiper-edición de la sustancia genética (es decir, generadora de vida), reducida a mera serialidad discreta de unidades reemplazables. Lo generado, pues, según el fascismo, no puede estar destinado a otra cosa que a la numerización. Esa es la nube oscura que cae sobre el planeta: no el colapso de los ecosistemas (la tierra se curará a sí misma), sino la totalización del proyecto tecno-fascista, la extensión del número como verdad única y absoluta, como principio y final. La fascistización de todos los cuerpos (fascismo molecular, según Deleuze y Guattari)

(En la parte no-numérica del ADN duerme la magia)

Dejar entrar al número en el cuerpo es inocularse de fascismo. Es recibir como huésped al fractal asesino que, silencioso, lo va devorando todo por dentro. El número nos rebasa: uno sólo basta para proliferar.

Se fascistizan los cuerpos, y con ello el fascismo gobierna sin gobernar: le basta con proliferar. La fascistización del propio cuerpo es una baja teurgia del sí. Al expulsar de sí la magia, los cuerpos se abandonan al número, se rinden ante la técnica. Esos cuerpos se vuelven, así, capaces de desear que rueden las cabezas de otros cuerpos con tal de no perder el amparo del gran número, de no quedar fuera de las emanaciones del lenguaje absoluto. Odio y violencia se convierten entonces en accidentes aceptables, incluso deseables, si es que garantizan la continuidad de las bendiciones de la técnica. El fascismo es, pues, el desenlace necesario de la técnica, del lenguaje absoluto, de la anti-magia.

El velo de la magia, que vela y revela, ha sido substituido al vuelo por la tela sintética de las banderas.

(La fascistización del cuerpo es un colapso inmunitario. Una rebelión autoinmune: biotecnología numérica autoinducida)

La infección se manifiesta así: en los migrantes asesinados por abandono a merced del Mediterraneo, en aras de números que deben bajar o subir: tasas, porcentajes, niveles. Se manifiesta así: en las tierras saqueadas en el Congo, en la Amazonía, en los meridianos violados que dan vida a los pulmones del mundo, en aras de números que deben bajar o subir: beneficios, rentas, costos, compensaciones. Se manifiesta así: en las mentiras que se despliegan junto a banderas y mitos nacionales, de aquí y de allí, de ayer y hoy. En aras de la máquina que nos necesita entumecidos, idiotizados. Profundamente dormidos, enfrentados, bebiendo pus. ¿Hacen falta más ejemplos?

Cuando los cuerpos son abandonados por la magia, pierden su saber, que es el conocimiento esencial de cómo estar en el mundo. Entregan ese saber a la técnica (se proletarizan, diría Stiegler), siguiendo, voluntaria y maquinalmente, el dictado del lenguaje absoluto. Cuando el saber se pierde, el mundo se pierde también. Lo real colapsa. Todo nos es extraño: es entonces cuando el tecno-fascismo se vuelve eco-fascismo.

Es así, gracias al hueco que deja la ausencia de la magia, que el fascismo dicta quién y cómo sobrevive: quién crece, quién prolifera y quién mengua; quién tiene derecho a salvarse, y cómo. Y, ante el no-saber estar en el mundo de los cuerpos fascistizados, los dictados del eco-fascismo adquieren el carácter de vías de sentido único, de autovías sin retorno y sin alternativa.

Los cuerpos fascistizados ya no responden a sí mismos: no responden a los seres que los sustentan, ni a los que deberían dar sustento. No responden al mundo. Los cuerpos fascistizados no hablan: calculan. Cada cuerpo fascistizado hace de policía de la técnica. Extiende, con su mero estar, ciegamente la destrucción.

El eco-fascismo, puesto que carga ya en su esencia la técnica, despliega y hace proliferar más números para reconstruir lo que los números han destruido. Retroalimentación positiva.

Los cuerpos fascistizados no hablan: se repelen. Conforman una humanidad saturada de su propio número. O bien: de un número in-propio que soltó su veneno una vez ingerido.

En medio de todo esto, hay profetas que se regodean señalando la oscuridad. Hay profetas cuya tarea contribuye a hundirnos en la más abyecta impotencia. Hablan del lenguaje absoluto del fascismo como algo ineludible, como una realidad vasta: una mente global capaz de discernir y calcular mucho más allá de lo humano: una inteligencia artificial.

Aquí y ahora, repudio fuertemente esa profesión cínica y oscura.

Esos profetas son unos alucinados, son falsos magos: el número nos ha penetrado y crece en nuestro interior, sí, pero su aparente vastedad y poder se yergue sobre pies de barro. El número, como ya hemos visto, está arraigado en la vulnerabilidad. El fascismo se sostiene sobre técnicas y artefactos frágiles, destructibles: las redes electrónicas, las pantallas ubicuas, la mal llamada inteligencia artifical, la proliferación de datos más allá de lo enumerable. Ninguno de estos objetos carga ni la más ligera brizna de magia. Ninguno puede contra el más débil de los hechizos*

Los profetas crean, con sus terribles augurios, falsos refugios ante la tormenta. De esta manera, le hacen un favor al fascismo, que nos quiere impotentes, atemorizados. Pero muy pocos señalan el poder de la magia: les basta enumerar las catástrofes que se ciernen sobre lo humano para desplegar su manto, parecido a una bandera, que no es otra cosa que vanidad y servilismo. El velo de la magia, en cambio, es capaz de velar revelando, puesto que introduce una ambigüedad fatal en el corazón mismo de la certeza de la muerte. La magia es la negación de la condena, puesto que la burla, la pospone, la desnuda. La revela en su terrible maravilla.

Los profetas de lo terrible son los arquitectos ignorantes del eco-tecno-fascismo que viene, que ya está aquí. Al retratarnos como máquinas impotentes, sientan las bases de una tiranía real que acabará por consumar nuestra desconexión con el mundo, con lo real. Los profetas mismos son máquinas de hiperstición. El eco-tecno-fascismo regulará hasta la más pequeña secreción de nuestros cuerpos con tal de asegurar una supervivencia – precaria, indigna, vacía, gris – en el mundo. ¿Y cuáles cuerpos serán los que sobrevivan, y cuáles serán destruidos? ¿Los que más se parezcan a la máquina? ¿Los que estén más y mejor dispuestos a ser huéspedes del número? ¿Permanecerán sobre la tierra solamente quienes aprendan a repetir, a través de sus bocas, los dictados del lenguaje absoluto?

¿Y qué es la magia, sino ese acto de lenguaje y cuerpo que trae y hace presente lo des-mesurado? ¿Qué es la magia sino la voluntad de renovar y reconstruir, siempre de forma otra, lo común? En la magia late lo eterno: lo perdurable de lo humano no está hecho de otra cosa. La magia, levemente, misteriosamente, desintegra el eco-tecno-fascismo.

La comunidad, lo común, se sostiene por arte de magia. La comunidad es un ser de muchos cuerpos en proceso permanente de devenir otro: ora alado, ora submarino, ora terrestre. Sigue su curso sin importar cuánto cambien las condiciones del terreno. Es un simbionte, un ser hecho de extrañas asociaciones de seres, igualmente extraños y multiformes, que se atraen por una fuerza desconocida, simbólica. Símbolos encarnados, lazos de carne, formas de vida.

(Y, a pesar de la parte crucial, el común humano, extendido a lo no-humano, también es técnica. El cuerpo común, sin embargo, encuentra la salud perdurable cuando logra asimilar la técnica como a un fármaco)

Comunidad que gira multiforme, siempre alrededor de la magia, alrededor de símbolos mutantes. Sostén secreto. ADN hecho de manos, de lenguaje espectral.

¿Y qué significa entender todo lo que hay en el mundo, al mundo mismo, como un fármaco? ¿Qué significa conocer la dosis de salvación y perdición que en todas las cosas reside en silencioso misterio? El filtro: el elixir luminoso que mata y da vida. Farmacología y magia: artes hermanas por las que todo se ex-plica, es decir, se despliega extendiéndose, formando el saber sutil. Y al desdoblarse, la mano revela el futuro. Y esa mano, al tomar la mano otra, lo hace aparecer en el horizonte. Y esa es la magia que destruye el yugo del eco-tecno-fascsismo.

Mano con mano: magia y anti-trabajo. Cuerpo opuesto al lenguaje absoluto. Cuerpo con cuerpo: comunidad extendida. Movimiento y presencia de carne de la que crecen ramas, tallos y bifuracaciones, a veces de carne, a veces de madera, a veces de metal. Telepresencia. Temblor espectral.

¿Qué es eso que el lenguaje absoluto no puede decir?


Nos negamos a todo

¿Qué es eso que el número no puede enumerar?


Nos negamos a todo

¿Qué es eso que el eco-tecno-fascismo no puede asesinar?


Nos negamos a todo

¿Qué es eso?


Nos negamos a todo

¿Es magia? ¿Eso que no se deja salvar por la técnica?


Nos negamos a todo

Ojalá que, cuando llegue el momento, mi mano esté tomando la tuya


En las islas de basura

Ojalá que, cuando llegue el momento, el hechizo esté surtiendo su efecto


En las islas de basura

Ojalá que, cuando llegue el momento, nuestros cuerpos ya hayan olvidado las palabras


En las islas de basura

Ojalá que, cuando llegue el momento, sepamos soltar


En las islas de basura

Ojalá que, cuando llegue el momento, hayamos aprendido cómo escapar de la gravedad del número


En las islas de basura

Ojalá que, cuando llegue el momento, estés conmigo / y yo contigo / y nosotros con todo


En las islas de basura

Ojalá que, cuando llegue el momento, el fármaco ya nos haya curado


En las islas de basura

Ojalá que, cuando llegue el momento, la máquina se estrelle en nuestras danzas


En las islas, en la enfermedad

Ojalá que el demonio que se esconde en la máquina deje de cantar nuestra condena

Ojalá que sea verdad que la magia late aún en el corazón de la técnica

Ojalá que el fantasma logre, por fin, poseer el cuerpo del número

En estado de magia*, el alma no reside en el cuerpo: es el cuerpo el que reside en el alma