Mi sombra negra vuela en ráfaga hasta los polos y les prende fuego. Mi sombra hace fricción sobre la superficie del hielo, lo ennegrece. Cruza el planeta a través de su centro sin quemarse, sin untarse de piedra viscosa. Grita, agolpa y lanza el sonido hacia afuera por sus diezmil orificios, invierte el sentido de las rotaciones. Pasa incendiando bosques y ciudades, acusa a los dormidos incendiándolos, hace dudar a las aves migratorias. Desorienta, sabotea. Mata. Ya no hay silencio posible, mi entraña es furia negra, flama negra, negrura fría y ardiente a la vez, catástrofe. Sin estrellas, mi carrera borra los astros, hace el desastre. Sombra negra, vuela, no vuelvas, lánzate contra quienes se opongan, se opusieron, se opondrán. Lánzate contra las criaturas dormidas de este mundo y de otros, golpea, desborda, aniquila. Mata al mundo con tus gruñidos, evapora las aguas con sólo un quejido, proyecta toda construcción humana y no humana a miles, decenas de miles de metros de altura sobre las copas de las selvas, sobre el manto de niebla que cubre el mar. Que todo sea polvo. Vacía los lagos, desborda los ríos, barre los desiertos, haz viento, haz huracán, haz hígado negro de fuego en cada hueco, en cada resquicio de lo vivo y lo no vivo. Mata, aniquila. Entra violentamente en los huecos de las cosas, crece allí en explosión, rómpelo todo desde dentro. Mi hígado negro corre por el día y la noche de los dormidos, de los despiertos que están dormidos y sólo ven el sueño. Mi hígado negro, todo órgano negro, mi bilis negra se desboca en una llamarada letal, mi hígado es negro porque ya no hay tiempo, porque la rabia. Entraña, sombra, desgarro. Que la noche sea un hormiguero. Quiero ver el final de todo esto.