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¿Escribir como quién? Como nadie. Como uno, que es nadie.
Lo que escribo son las estelas que va dejando nadie, muy por delante de mí.
Nadie, es decir, yo, tomó su rumbo a los quince años, y desde entonces no ha hecho más que dejarse llevar.
(Escribe)(Escribo) para dejar estelas sobre la superficie de mi lenguaje, es decir, el lenguaje de nadie. Marcas de agua que, después de blanquear brevemente, acabarán por disolverse en movimiento perpetuo. El mismo que dentro de nadie acontece, moviéndole hacia nada.
Movimiento que se mueve a sí mismo, mi lenguaje. Mi nada. Mi lenguaje-cuerpo que es una nada de nadie.
Escribirme es moverme hacia nadie. Lees esto, y eres nadie tú también.
Nadie: nada, que, sin embargo, tiene un cuerpo: un cuerpo de agua sobre el cual se puede estelar. Un cuerpo superficie inscriptible que, ondulante, se rehúsa a ser inscripto. Una masa viva de movimiento que acoge el lenguaje solamente para disolverlo en su oscilar. Nadie es agua. La palabra, nada: onda breve, espuma: nada.
El estilo de la estela: tela, lienzo. Páginas. Soy lo que no permanece: lo que digo se disuelve. Paso, ondulo mi cuerpo reptando hacia otras nadas. No soy lo que permanece. Lo que permanece es nada.
Pero la nada gotea sobre la hoja sedienta. La hoja absorbe, se vuelve página. Lo que habría de disolverse queda fijo: escrito: voluntad de nadie.
La página es una mentira. No sujeta el cuerpo: es menos que nada.
¿Qué hay bajo la superficie del cuerpo escrito-estelado?
No-lenguaje (no obstante lo aquí inscripto)
El cuerpo es demasiado profundo: no sé dónde estoy. No sé si subo o bajo, si me ahogo o estoy respirando. Mal de mi familia el escribirse sin saberlo: escribientes que no leen. Escupimos chorros sin parpadear. Nadamos en la nada creyendo que hay algo. Mi madre, hacedora de algo. Siempre algo en su seno: nunca nada. Se ahoga lanzando aliento hueco de palabras-burbuja. Mi madre navegante sin cola, migrante de lo profundo se mueve sin moverse. Engaña a los satélites, ruta plateada, blanca, nada. Sólo yo veo su engaño, nadie más que yo ve que no se mueve: no habla: respira sin aire. Su cuerpo es demasiado profundo, es pura superficie engañosa.
El cuerpo de agua se oscurece, estoy lejos de nada y tengo miedo. No sé qué hay debajo de esta nada.
Estelar como conjuro. Estelar contra el miedo a las profundidades del cuerpo-agua. Hacer oleajes con páginas hechas de frases absorbidas hechas de palabras respiradas hechas de letras-aleta que desafían a la corriente que se opone.
Estar estela sin sumergirse. Estelar preguntando qué abismo, qué presión, que seres se erizan sin aire. Qué seres sobreviven a la falta de lenguaje. Estelar: miles de luces reflejadas en la superficie oscilante: no en el fondo.
Mi padre no sabe: estela. Esteló toda su vida contra la borradura del agua. Jamás cejó en su intento por lo ciego sordo y mudo: jamás dijo 'sé que estelo'. Soy hijo de ese no saber.
Estelo. Dejo estelas. Escribo, pues. Dejo esta marca como algo a ser borrado. Espero la borradura, pero mi vida es muy corta para el ritmo de las mareas. Las mareas de este cuerpo de nadie, esta nada de agua, me sobrevivirán. Borrarán mis estelas muy después de mi paso. Si al menos tuviera el sosiego de mi borradura: de la borradura de las marcas que dejo... entonces tendría clara conciencia de ser agua, de ser una nada de agua, nadie de agua. Entonces podría descansar.
Nadas de agua: mares internos. Escribo para no sumergirme. Escribir es sumergirme en la nada; a pesar de ello, la nada contiene otra nada hecha de monstruos que no quiero ver. Disfrazo mi ceguera con palabras. Escribo y no veo. Y, cuando veo, no escribo: olvido. Olvido es disolver la nada en la nada, es acelerar la desaparición de las estelas.
Deseo la nada, y sin embargo me brotan palabras. Hago que mis palabras sean un camino a la nada, pero me pierdo. No sé a dónde voy. Escribo, y esto es nada. Una nada que querré disfrazar de algo: un algo legible que lleva falsamente a la nada. No soy buen guía. Escribo que voy hacia la nada y me pierdo en mis propias estelas, que son meros roces sobre el cuerpo de la nada. Esta escritura es nadar: jamás sumergirse.
Escribo como herencia. Como continuación de la escritura de mis padres, que escribían nada. Que sabían, al menos, que su movimiento era liso, azul, sin estelas. No escribían y, sin embargo, avanzaban. Hacia nada, desde nada, a través de nada nadaron sin dejar espuma.
Yo agito las aguas, pero todo queda en nada. Mi avance es patético. Es más triste que el nado inmóvil de mi madre, que las ondas quietas de mi padre. Pongo palabras a la miseria de no poder ser nada, de no saber llegar. Como si no supiera que no sé, estelo y no paro. Seguiré fallando.
Algún día el cansancio me hará parar. Y entonces...
Sólo entonces habrá, verdaderamente, nada.
Mi mente es el paso que no permite el paso.
Mi mente es algo que se opone a la nada. Sería necesario hacer menguar ese algo, reducirlo a nada. Pero sin ese obstáculo, sin ese algo, la nada sería inalcanzable. Paradoja de agua.
Se crece en suelos húmedos, bajo cielos grises. Se hace crecer algo en la cavidad de la cabeza, alimentándolo con trozos de nada. Crece la nada comiendo nada, hasta que llega a ser algo.
Se habla de caminos, y el cuerpo está de espaldas. Si se diera la vuelta, vería la brecha brillante y plana. Se habla, se escribe, y el camino es otra cosa. El camino es esa nada que susurra detrás nuestro. Es el apremio.
Árbol de espinas que crece en medio de la nada. Esa es la imagen de la historia: pero no es la historia. Cortar una rama no modifica la historia. Derribar el árbol no trunca lo ocurrido. Lo ocurrido, en medio de la nada, es nada. Por eso la historia es indestructible.
¿Qué sucede cuando el obstáculo en la cabeza deja de recordar? ¿Cómo vive cuando ya nada lo alimenta?
El suelo se reseca, la temperatura aumenta. El cielo sigue plomeando, pero ya no suelta sus aguas. Ya no hay alimento en esta tierra sin memoria. El camino, la nada, se quiebra.
¿Qué son las grietas sobre la nada? Tierra agrietada, palabras sin voz: caminar sin movimiento.
El dibujo de nuestros pasos cesa. Por ello escribimos, y así desciende la miseria sobre nosotros. Hacemos un árbol de letras, de palabras en rama, de hojas que no beben. Frases contra caminos, ideas contra la lluvia. Ya no se crece. Solamente se escribe.
Una termita horada un túnel en la nada.
Pero, si lo que la termita horada es realmente nada, ¿por qué entonces el esfuerzo? ¿por qué sus fuerzas se acaban? ¿y cómo es que lo horadado ofrece alimento, después de haber ofrecido resistencia?
Lo horadado tiene final, frente a la nada que es una, sin huecos (hueca toda), sin final.
He aquí el misterio que la termita intuye: algo (lo horadado, el horadar, lo que horada) es, siempre, a la vez nada. He aquí la paradoja: lo escrito es lo escrito. Lo escrito es también todo lo indescriptible. Y de vuelta (a través del mismo túnel)
En cada extremo se encuentra un pasaje hacia el otro lado. Y he aquí que el cuerpo de la termita logra su plenitud justo allí: en el túnel: ni en este extremo ni en aquél. En el pasaje mismo.
La termita, al no hacer más que horadaciones, es la artista más completa y excelente del universo. En su pasaje sin música ni trazo ni poesía lo hay todo. Nada fértil, hueco absoluto. Arte total. Movimiento-alimento.
La distancia entre lo que es y lo que aparece es el cuerpo.
El cuerpo es la semilla-motor de la diferencia. El cuerpo común es infinitamente múltiple. El color es flujo. Nada es: todo está siendo desde y hacia un cuerpo, infinitos cuerpos.
La parte con la que el cuerpo traduce es común: todo cuerpo traduce los múltiples mundos a su manera. Así, los mundos se hacen uno en la palma de la mano, bajo el roce de las yemas, frente a los laberintos multicelulares de la visión.
Cada visión engendra un mundo, y no a la inversa. La diferencia, la distancia, pues, no se estira frente a lo que es y lo que aparece (lo que es es uno) Lo que aparece es múltiple, tanto como la multitud de cuerpos, de cuerpos-en-el-cuerpo. Así, la verdadera distancia que engendra la geometría del mundo es la diferencia, ínfinita y enorme, que hay entre un cuerpo y otro.
Incluso entre iguales hay diferencia. Se traducen mutuamente con la mirada; se equivocan una y otra vez.
Pero la distancia no es menor cuando el isomorfismo; no es mayor cuando el heteromorfismo. ¿Qué es entonces la distancia-cuerpo cuando el brujo es más parecido al jaguar que al hombre? Es decir, cuando el mundo del brujo se acerca a una relación de simetría con el mundo del jaguar, a la vez que se aleja de las estelas escritas del hombre. ¿En qué se convierten entonces los cuerpos de ambos seres? ¿Cómo sucede el desplazamiento aprojimante que va del heteromorfismo a la resonancia?
Devenir enfermo-poseso. Derivar lejos del paradigma humano, es decir, de la mentira que el ser humano se cuenta a sí mismo para jugar a ser ciego. Para engañarse haciendo historia.
Hay jaguaridad en cada cuerpo humano, simétrica a la humanidad del jaguar. Es un continuo, un camino sin punto final. Puro recorrido, devenir, enfermar. Trastornarse: ver la jaguaridad humana desde la humanidad del jaguar.
(Nunca estuve frente a un jaguar)


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La batalla por la mente de mi madre (dos y dos ya no son cuatro)

Al final habrá paz
A pesar de los ángeles rojos que bullen en el cromosoma
Habrá paz pero no la nuestra
Enmarañamiento, proliferaciones lentas

La quietud de lo que se retrae para hacer contacto
El misterio: a esa paz oscura me refiero
Seguirá reptando el silencio
Tras la ciudad, tras el ansia y la carne

Yo, al querer aferrar, siempre dejo caer algo
No lo tuve todo: fui motor químico
Y cada partícula entregada con rabia
Nos creció demonios de silencio

Es así como nos acabamos el mundo
Y es así, a la vez, cómo se acaba nada
Paz y rabia, hervor y quietud
Tensan a mi madre que tiembla callada

(Aprendo a traducirla con sólo mirarla)